Mis obras favoritas


Inma Valderas, "Entre el cielo y la tierra"





Admiro más a las personas que luchan por conquistar sus sueños, que a las que luchan por conquistar a sus enemigos, porque la lucha más dura, la victoria más difícil, es contra uno mismo.







sábado, 17 de septiembre de 2011

El mausoleo de Pirene



Cuenta la leyenda que una vez existió un rey de Iberia llamado Túbal. El rey tenía una hija muy hermosa, Pirene. La fama de su belleza se extendió y llegó a oídos de Gerión, un monstruoso pastor de tres cabezas, que decidió desposarse con ellla. El rey rechazó la propuesta de Gerión y, enfurecido, éste le atacó y le derrotó.
Antes de ser atrapada, Pirene huyó desesperada hacia el norte y se escondió en un monte bajo y áspero cerca del Mediterráneo, con la esperanza de escapar al monstruo, pero Gerión encontró pronto el rastro de la joven y bella Pirene, en contra de lo que ella esperaba; pero al no poder hallarla entre las mil cuevas y revueltas del monte decidió prenderle fuego y que allí terminasen los días de la princesa.

Volvía Hércules hacia Italia, cuando, al pasar sobre Iberia, vio una extensa humareda que se elevaba por el norte, y las voraces llamas que amenazaban con arrasar el monte. Se acercó a las llamas y cuál fue su sorpresa cuando oyó que de las mismas salía una voz de mujer que pedía socorro. Metió su brazo entre la hoguera y pudo sacar, moribunda, a la bellísima Pirene que, antes de exhalar su último suspiro, aún tuvo fuerzas para contarle a Hércules su historia.

Conmovido, Hércules, decidió enterrarla cuidadosamente en aquel mismo monte. Como era su deseo honrar la belleza y el valor de Pirene, empezó a coger con sus poderosas manos las rocas caídas y desechas por el incendio y las fue colocando de forma artística unas sobre otras para formar un gigantesco y maravilloso mausoleo: una hermosísima cordillera, en cuyo seno descasaría la hija de Túbal. La cordillera recibió el nombre de Pirineos en recuerdo de la desventurada princesa.



Otras leyendas cuentan que entristecida por su desgracia Pirene lloró y, de sus lagrimas, se formaron los ibones.