Mis obras favoritas


Inma Valderas, "Entre el cielo y la tierra"





Admiro más a las personas que luchan por conquistar sus sueños, que a las que luchan por conquistar a sus enemigos, porque la lucha más dura, la victoria más difícil, es contra uno mismo.







jueves, 22 de julio de 2010

El pastor de Myddvai


John William Waterhouse, "Hylas y las ninfas"

En las montañas negras de Caermarthenshire (en el país de Gales), se encuentra el lago conocido como Lyn y  Van Vach. En una ocasión, el pastor de Myddvai llevó su rebaño a las márgenes de este lago y se tumbó allí mientras los corderos buscaban pasto.
De pronto, vio salir a tres dondellas de las oscuras aguas del lago. Sacudiéndose las gotas de agua del pelo, y deslizándose hasta la playa, ellas se pusieron a andar entre el rebaño. Su belleza superaba a la de los mortales, y el pastor se prendó de la que se acercó más a donde él se encontraba. Le ofreció el pan que llevaba, y ella lo cogió y lo probó, pero enseguida le cantó esto:


Demasiado cocido es tu pan,
no soy fácil de atrapar,

Y se alejó corriendo hacia el lago, riéndo.
Al día siguiente, el pastor llevó consigo un pan no tan cocido y esperó a que aparecieran las doncellas. Cuando éstas pusieron pie en la playa, el pastor le ofreció a la doncella el pan que llevaba, como la vez anterior. Ella lo probó y cantó

Poco cocido es tu pan,
No te tendré

Y de nuevo desapareció en el lago.
El pastor de Myddvai trató de atraerse a la doncella una tercera vez, y en esta ocasión le ofreció un pan que había encontrado flotando cerca de la orilla. Este le gustó a la doncella, que prometió convertirse en su esposa si él era capaz de reconocerla al día siguiente entre sus hermanas. Cuando llegó el momento, el pastor reconoció a su amada por la correa de su sandalia. Entonces, ella, le dijo que sería tan buena esposa para él como cualquier doncella terrenal, a no ser que él le pegase tres veces sin motivo.
El pastor juzgó, naturalmente, que esto nunca podía suceder; y ella, haciendo salir del lago a tres vacas, dos bueyes  y un toro como dote, lo acompañó a su casa como esposa suya.
Pasaron los años felizmente, y el pastor y la ninfa tuvieron tres hijos. Pero un día, iban a un bautizo, y ella le dijo a su marido que era demasiado lejos para ir andando, así que él le pidió que fuera a buscar los caballos.
"Lo haré -dijo ella-, si me traes los guantes, me los he dejado en casa."
Pero, cuando él llegó con los guantes, vio que ella no había ido a buscar los caballos, así que le golpeo ligeramente en el hombro con los guantes y le dijo: "¡Venga, venga!"
"Eso hace una vez", dijo ella.
En otra ocasión, estaban en una boda, cuando, de repente, la ninfa se puso a sollozar y llorar en medio del alborozo y las risas que la rodeaban. Su esposo le golpeó ligeramente en el hombro y le preguntó: "¿Por qué lloras?"
 - Porque ellos se están metiendo en dificultades; y tú también, pues es el segundo golpe sin motivo que me das. Vigila, porque el tercero será el último.
El marido tuvo cuidado de no volcer a pegarle. Pero, un día, en un entierro, ella estalló de pronto en carcajadas. Su marido se olvido y le golpeó con cierta dureza en el hombro, diciendo: "¿Es momento ahora para reír?"
"Río -dijo ella- porque los que mueren abandonan sus preocupaciones, pero las tuyas han llegado. El último golpe ha sido dado: nuestro matrimonio ha llegado a su fin, así que adiós." Y, diciendo esto, se levantó y se fue, dirigiéndose a su casa.
Una vez allí, llamó a los animales que había traído consigo:

Vaca manchada, moteada de blanco,
Vaca manchada, de fuertes motas,
Vieja cara blanca, y Geringer gris,
Y el toro blanco de la costa del rey,
Buey gris y ternera negra,
Seguidme todos a casa.

Pues bien, la ternera negra acababa de ser sacrificada, y colgaba de un gancho; pero saltó del gancho, vivita y coleando, y la siguió. Y los bueyes, aunque estaban arando, arrastraron el arado consigo e hicieron lo que ella les mandaba. Y huyó al lago, con todos aquellos animales detrás de ella, y con ellos se sumergió en las negras aguas. Y aún hoy puede verse el surco que dejó el arado al ser arrastrado por las montañas hasta el lago.
Sólo una vez volvió ella, cuando sus hijos habían alcanzado la edad viril, y les dio el don de curar, don por el cual recibieron el nombre de Meddygon Myddvai, los Médicos de Myddvai.

Herbert James Draper, "La ninfa acuática"

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